martes, 8 de mayo de 2012

Tropiezos 2

-¡Qué noche más larga!- pensaba Mateo para si. En unos días empezaba la temporada de evaluaciones finales en el colegio y fingir estudiar lo tenía exhausto. Nunca había tenido necesidad de prepararse para una prueba, pero cada vez que los exámenes se aproximaban lo hacía diligentemente para disimular un poco con sus compañeros de clase. Mateo siempre fue un bicho raro, en lugar de juguetes tenía libros, en lugar de jugar fútbol le gustaba echarse sobre la arena de la costanera a contemplar el vaivén de las olas. Caminaba todos los días por el parque Folleros, justo el punto exacto entre casa y el colegio. Disfrutaba el sonido de los abedules mientras se mecían al ritmo de la brisa de la tarde.
La víspera había pasado sin contratiempos, todavía faltaban tres días para su primera evaluación y se sentía muy bien preparado, tranquilo; la literatura universal nunca se le había dificultado en exceso. Esa tarde, Sofía e Isabel le pidieron ayuda, el, aunque sabía que lo usaban un poco, accedía. Ayudarlas le permitía tenerlas contentas y sacarles una risotada en clase de vez en cuando. Mantenía las cosas tranquilas y a ratos podían hacerlo olvidar que era un bicho raro, extrañas amigas, pero amigas a final de cuentas. 
Como en cada noche de estudio ellas lo despedían temprano, no sin antes sonsacarlo un poco para salir a bailar. Mateo, nunca aceptaba, el ruido y la gente lo ponían de nervios. Prefería quedarse en casa leyendo algo de los clásicos; escuchando sinfonías retorcidas con el volumen a tope, tomando algo de vino, de ese robado de la cava de su padre. A pesar de su aparente anormalidad era bastante feliz, estaba agusto consigo mismo, disfrutaba de su locura y extravagancia. Mateo era un chico apuesto, con ojos verdes agua sucia y una sonrisa boba que mataba al instante. 
Esa noche estaba disfrutando particularmente su caminata nocturna entre los árboles, fuera de unos locos aglomerados afuera de un club a la distancia, el parque era todo para el. Le gustaba imaginar las escenas de su vida en su cabeza, podía verse caminando a solas con su bufanda de cuadros al cuello y sus gafas redondas entre abedules y corrientes de aire; eran sus propias fantasías literarias, dignas de una cubierta de piel y hojas con borde dorado.
Caminó un poco más, pasando de largo la roída efigie de algún militar, cagado día a día por gorriones que parecían juzgar su oscuro pasado a base de excremento, castigándolo con mierda para la posteridad. Sonrió un poco, recordando aventuras pasadas, aquellas tantas que nadie conocía de su vida, aquellas que guardaba celosamente para si. Pensó en su primer beso, ese primer beso que le robaron a escondidas detrás de las gradas del campo de juegos; pensó en sus caminatas nocturnas por la playa.
Mateo venía ensimismado en sus pensamientos, no vio de donde ni como, pero de pronto se encontró, casi por instinto, con un movimiento rápido, sosteniendo a un desconocido entre sus brazos. El chico tenía el rostro desfigurado, como si viniera de una pelea. Mateo reaccionó sin reparos cuando el desconocido se le vino encima; lo aventó violentamente contra una de las rejas del parque. El chico se quedó frío, con una mirada incrédula, una mirada de aquel que se cree dueño del mundo y de repente lo ve resquebrajandose. 
Durante un instante eterno se miraron uno al otro, ninguno con una idea clara sobre que hacer. Mateo se recompuso rápidamente y echo a andar por el parque, rumbo a casa, añorando su vino y su música. Trato pretender un estado de tranquilidad que sudaba falsedad. Julián estaba perplejo, nunca antes alguien lo había tratado de esa manera. Sus encantos, su agresividad divina-¿qué demonios estaba pasando?-. Inseguro de su siguiente acción se quedó inmóvil observando al chico de las gafas redondas alejarse apresurado, a pesar del incidente el lo veía tranquilo. 
Julián se quedó pensando, tirado en el suelo, sin escuchar abedules. Su mundo entero había cambiado en unas pocas horas. Paso de la inseguridad al miedo, del deseo a la violencia, de lo agresivo a lo tierno. Su pecho palpitaba fuerte y su cabeza no sabía por donde empezar a descifrar la rápida sucesión de eventos. Solo hace un rato estaba cruzando la pista con el popote doblado y la mirada altiva, ahora estaba adolorido, tirado en el piso, con la camisa rota y la cara hinchada. Toda la escena le parecía un torbellino extraño, sin pies ni cabeza, acentuada por su brevísima interacción con un desconocido de ojos verdes y bufanda a cuadros. Unos ojos verdes que desde ese momento tenía que volver a ver.

sábado, 5 de mayo de 2012

Tropiezos Primera Parte

Hace mucho que quiero reescribir está historia; la primera parte la publiqué el 2 de mayo de 2009, me quedó todavía mucho por decir, detalles que no estaban perfectos. Hoy de nuevo les comparto Tropiezos Primera Parte:
Era un sábado como cualquier otro, la noche llego mientras el hastío del día se perdía en la oscuridad. Julián no tenía ningún plan, ningún cumpleaños, nada. Era una noche más, de esas que sales solo por no quedarte encerrado en casa con tus padres mirando pelis viejas en la televisión. Salió de casa sin rumbo fijo, caminando, sintió un vacío en su pantalón y se dio cuenta que no traía cigarrillos; impensable llegar al show sin su utilería preferida. El detestaba su sabor, su olor, la sensación de ahogarse cuando se pasaba el humo a los pulmones, odiaba todo de ellos, todo, menos el look que le daba fumarse un pucho frente a su público, todas las noches en punto de las tres. 
Decidió encaminarse a su lugar de siempre, su arena de combate, el elemento natural para sus encantos y mirada juguetona: el Secreto. Escenario extraño dado que todos ahí sabían perfectamente quien era y a que se dedicaba por las noches, eso sin negar el hecho de que, aún sabiendo sus mañas, todos querían caer en sus brazos. Todas las noches iniciaba un juego de miradas, de sonrisas indiscretas, tratando de conquistar el mayor trofeo de la noche. Se deleitaba observando las miradas de envidia al salir, llevando a casa el premio más preciado. Un premio que seguramente nunca más volvería a ver, pero que había cumplido su propósito de hacer una nueva marca en su cinturón. 
Era un fanático del melodrama, le encantaban las situaciones complicadas, retorcidas, casi enfermas: llevarse a dos gemelas a casa solo con la intención de hacerlas pelear por el, meterse con el chico de alguien para ver que tan rotos quedaban los platos, platos rotos que el nunca pagaba. Nunca se imaginó, que su amado “show” se vendría abajo esa misma noche, nadie con un cinturón tan marcado como el suyo hubiera previsto   que alguien podría derribarlo como un saco de ladrillos con una simple mirada, con un roce accidental. 
Julián caminó por el medio del parque Folleros, pasando a un lado del kiosco. Nunca le gustó mover el auto y menos para una distancia tan corta. La casa de sus padres quedaba al otro lado del parque, que si bien no era tan grande si ameritaba algo de sudor. Caminó entre los abedules, observó como se mecían de lado al otro, formando melodías en el viento, desde lejos todavía podía ver la entrada de el Secreto, aglomerada como siempre, no le importó. 
Tardó en entrar solo un par de segundos, le hizo una mueca inocente al anfitrión y levantaron la cadena solo para el; todo ante las miradas de los chicos más “en onda” de la ciudad. Llegó altanero a la barra como siempre -Hey, guapa, una cuba ¿no?- la guapa lo complacía siempre, cobrándole de vez en cuando con tal de tenerlo contento y agazaparle una sonrisa pícara cada noche. Caminando con su trago en mano, doblando el popote con el dedo anular y el índice afilado atravesó la pista. Sonriendo de par en par por la canción del momento, recordando fechorías pasadas, logrando ese look de campeón que tanto disfrutaba. 
No supo con que se cruzó de golpe, si un escalón o un pie mal intencionado pero, como en cámara lenta, pudo ver su trago volar por el aire mientras el se enfilaba a aterrizar en la mesa de unas chicas que no conocía. El club se paralizó mientras uno de sus “famosos” sucumbía por torpeza; Julián intentó recomponerse, buscando de que agarrarse le rompió el escote a una chica. Ya con el rostro hinchado por el bofetón maniático que le propinaron huyó como perro herido a lamerse las heridas.
-¡Con la puta que lo parió!- gritaba por la calle, frustrado y encolerizado de su vergüenza pública. Dando brincos y gritos atravesó el parque, ya no le importaban los abedules, ni su show, perdió los cigarrillos en el trompicón y su rostro perfecto terminó hinchado y desfigurado por los golpes. Justo mientras pensaba en todo lo que había sucedido tropezó de nuevo, impotente y desgraciado su cuerpo se inclinó del todo hacía delante. Cerró los ojos y se quedó esperando el golpe, uno, dos, tres segundos, nada. Regresó rápidamente de su ausencia y se vio sostenido en el aire, en los brazos de un desconocido. 
No lo pensó mucho, ni siquiera se detuvo lo suficiente para ver los ojos verde agua sucia que lo miraban, o la mochila repleta de libros que lo evidenciaban como un ratón de biblioteca, un tarado. Terminó de abalanzarse sobre el, esta vez no por accidente, fue una acción muy calculada. Su labios quedaron a menos de una pulgada de distancia del desconocido, Julián abandonó la iniciativa y dejo todo en las manos de su víctima. Error. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Una vez en la vida.

Una vez vi a un hombre morir todos los días de su vida. 
Una vez me sentí solo. 
Una vez recorrí el mundo de un extremo a otro. 
Una vez me di cuenta que había regresado justo a donde había empezado. 
Una vez te conocí. 
Una vez supe que tu no eras para mi. 
Una vez lloré.
Una vez nos encontramos en la calle. 
Una vez no te reconocí. 
Una vez te olvidé. 
Una vez sonreí por todo un día. 
Una vez entendí que el dolor pasa.
Una vez fui muy feliz.
Una vez recordé.
Una vez tomé el teléfono y te dije que te amaba.
Una vez me equivoque.
Una vez pensé que el miedo era más fuerte que yo.
Una vez logré cumplir mis sueños.
Una vez corrí a abrazarte en la estación.
Una vez huí en un avión.
Una vez olvidé el orgullo.
Una vez lo dejé ganar.
Una vez hice que siguieras adelante.
Una vez aplaudí al verte en lo más alto.
Una vez soñé despierto.
Una vez desperté contento.
Una vez recorrí el mundo de un extremo a otro.
Una vez descubrí que no puedes volver a donde habías comenzado.
Una vez supe que no había vuelta atrás.
Una vez supe que uno podía morir todos los días de su vida.
Una vez decidí vivir el resto de la mía. 

martes, 17 de abril de 2012

Vinilo y magia

Llegué a esa tiendita desordenada casi por accidente, buscando otra cosa me encontré con ella y sin pensarlo mucho entré. Había tres pasillos, tan largos como el edificio entero, todos atestados de muebles, libros, manteles de encaje, abrigos, cristalería, aparatos amarillentos que en otra época habían sido la vanguardia de la tecnología. Tesoros y pertenencias de otro tiempo, de otras personas, objetos que se habían salvado del basurero o que habían encontrado su camino fuera de el. Todo para terminar en una polvorosa tienda de antigüedades, o una tienda de viejo, el nombre depende del precio que sus residentes puedan alcanzar.

Si bien, tenía claro lo que venía a buscar, no pude evitar curiosear a mis anchas por algunas horas entre sus pasillos y rincones escondidos, siempre con la ilusión de que debajo de un abrigo o dentro de un closet apestoso encontraría un tesoro que cambiaría mi vida por siempre. Tal vez el sable de un pirata o una casaca militar, algún documento importante perdido de la historia o una primera edición de uno de mis libros favoritos. Siempre eh sido un fanático y explorador de lo antiguo, de lo viejo, de lo olvidado por el mundo. Ese mundo que se empeña en seguir adelante sin importar quien o que se vaya quedando atrás.

Ese día estaba buscando discos de vinilo, hacía poco había comprado una tornamesa y apenas contaba con un par de discos nuevos de música contemporánea. La música reciente estaba bien, pero siempre eh tenido la idea de que lo análogo va más con otra época: un danzón veracruzano, bailado en los portales y con marimberos al por mayor; una ópera trágica, que solloce las palabras como queriendo desgarrar el alma del espectador; una sinfonía solemne, con sus cañones, tambores y violines enfatizando la importancia de su razón de ser.

Lamentablemente, en la mayoría de las tiendas que conozco ya no puedas encontrar ese tipo de música con facilidad. Dejando como último recurso las tiendas que rescatan y recuperan esos discos de vinilo en espera de un cliente loco como yo que los busca y atesora como si fueran la novedad. De cierta forma, para mi por lo menos, si son novedad; buscando tirado en el piso entre cajas, armarios y vitrinas encontré música y notas que nunca en mi vida había escuchado: salsa, música clásica, tango, rock. Artistas de los que solo había escuchado hablar a mis abuelos y que nunca hubiera podido reconocer de oído. También me reencontré con viejos conocidos, en un formato que hasta esos días nunca hubiera pensado dominaría. Finalmente, todos esos artistas, bandas y sonidos que simplemente desconocía y que por una cubierta vistosa o una pista de canciones interesante me llamaron a obtenerlos e incluirlos en el soundtrack de mi vida.

La colección va creciendo poco a poco; empezó con un disco de Arcade Fire y después se fue engrosando con Agustín Lara, Pavarotti, La Sonora Matancera, Wagner, Beethoven, Los Pixies, Moncayo, Revueltas, Iron and Wine, Ravel y muchos otros. Todos con un momento y sentimientos propios que transmiten cada vez que el disco se pone a girar. Entiendo, en teoría, perfectamente el funcionamiento de uno de estos aparatos; como la aguja recorre el disco recogiendo las vibraciones producidas por patrones grabados en vinilo, lo entiendo en mi mente, tiene sentido. Por otro lado, mientras observo ese plato negro que da vueltas al infinito sobre el fieltro no puedo dejar de pensar en lo mágico que esa imagen me parece. Música, voces, melodías y belleza, todo eso sale de algo que parece rústico y primitivo cuando lo comparas con mi biblioteca de canciones en la computadora portátil.

Me gusta pensar que la música encierra todavía mucha magia, que entre los diminutos canales grabados de un LP hay algo inexplicable y fantástico. Me gusta pensar que cada vez que pongo la aguja sobre uno de mis discos viejos les doy una segunda de cumplir el propósito para el que fueron creados, de vivir una vez más cuando se pensaron olvidados en un viejo estante y que nunca volverían a girar.

domingo, 15 de abril de 2012

Jardín de rosas

Tengo muchos recuerdos felices de mis vidas en el extranjero. Les digo vidas pues estos días me parece realidades que ya están muy lejos, difuminadas por la nostalgia, presentes en otro tiempo y lugar. Parte de un yo que ya no existe, reflejos de algo que se ha transformado en otra cosa. De todos esos recuerdos felices existe uno en particular que logra sacarme una sonrisa sin importar el momento en que aparece en mi mente: mi jardín de rosas. No siempre fue mío, de hecho tardamos algunos meses en decidir que ocuparía un lugar prominente en mi vida. Lo descubrí a finales de invierno, escondido detrás de una iglesia pequeña de ladrillo rojo, ahí estaba, oculto, tímidamente rodeado por su reja negra.

Un pequeño jardín de rosas, no lo sabía entonces pues durante el frío invierno irlandés solo veía algo de verde y ramas desnudas esperando algo más de sol, algo más de calor. Al principio solo sirvió como un atajo camino a la estación de trenes, una manera de cortar algo de tráfico y llegar a cubierto antes de que se enfriara mi chocolate. Conforme pasaron los meses fui notando como mi el jardín se transformaba, siempre caminaba por ahí muy temprano por lo que generalmente nuestros encuentros fueron a solas, poco a poco los colores cambiaban: el verde y el marrón dieron lugar a tonos vivos, rosado, rojo, blanco. Los celosos rosales por fin perdieron la pena y de un día a otro me sorprendieron con colores que yo solo recordaba en las jacarandas de la Ciudad de México o las de mi madre en su casa de Veracruz.

Conforme el número de visitas al jardín incrementaba también lo hacía el tiempo que dedicaba a deambular entre sus rosales. Una caminata rápida ya no era suficiente para sentirme entero y feliz por el resto del día. Necesitaba dedicarle el tiempo necesario, descubrir sus colores, sus aromas, necesitaba tomar algo de su vida y plasmarla en la mía. Al final me pude traer algo de vuelta conmigo, nada físico, tangible, nada que pudiera haber metido entre las páginas de un diario o en un bolso. El recuerdo de mi jardín de rosas siempre me lleva de vuelta a un tiempo algo más simple, transitorio, expectante del resto de mi vida. Una bella pausa antes del acto principal que ahora está por comenzar.

Ya pasaron varios años desde mi última visita al jardín, hace mucho que no tengo que caminar al tren, hace mucho que me despido de alguien en el umbral de su puerta por la mañana para comenzar mi día. Hace mucho, de hecho que no veo rosas, otras que no sean las del centro comercial o puestos callejeros, ya de camino al basurero. Entre el silencio de las flores y el reconfortante frío matutino encontré algo que me hacía sentir más en paz de lo que jamás me había sentido. Tan simple y complejo, tan bello, tan lleno de vida y cambiante, insertado en un entorno adverso florecía y demostraba sin tapujos su belleza.

Debo admitir que extraño mi jardín de cosas. No eh sabido llevar a diario lo que encontré en esos meses. La pereza y el miedo me fueron llevando de vuelta a perderme entre lo que debería hacer, lo que el mundo esperaba de mi. La verdad es que yo se bien que el mundo no espera nada de mi. Muera o viva este planeta y todos sus tripulantes pueden perfectamente seguir su vida. Al final del día somos insignificantes y nada indispensables. Las únicas exigencias para mi vida vienen de mi mismo; de mis metas, sueños y ganas de perseguir todas esas cosas que me hacen feliz.

Somos unos animales extraños los seres humanos, curiosos. Construimos y creamos; siempre cada vez más grande, cada vez mejor, entre más difícil y rebuscado mejor. Aún así somos capaces de maravillarnos de las cosas más sencillas, más simples, más naturales. Somos como niños que creen haberlo entendido todo solo para darse cuenta que realmente nunca entendimos nada. Perdidos en la oscuridad, ignorando nuestra luz interior, dependiendo de fantasías artificiales, soñando con algún día poder por fin quitarse el velo y darnos cuenta lo brillante que es realmente el sol.

lunes, 2 de abril de 2012

El último vagón

Para Nina,


Emilio abrió los ojos de repente, se sentía aturdido y la cabeza le daba vueltas. Sintió la garganta seca y todo su cuerpo entumecido, como si no hubiera movido un músculo en mucho tiempo. Pasó el siguiente minuto tratando de incorporarse pero sus brazos y piernas no tenían la mínima intención de hacerle caso. Después de muchos intentos logró sentarse, todo a su alrededor le hacía pensar en un hospital; había cables y aparatos distribuidos por toda la habitación pero todos estaban apagados, como esperando una emergencia que nunca llegaba. Aparte de la evidente extrañeza de su situación la habitación le parecía familiar, emulando a la suya propia con carteles y libros en los estantes, sin embargo todo le parecía nuevo, diferente, como nada que hubiera visto antes. Podía distinguir cualidades pero las formas y maneras de los objetos se habían transformado.

Respiraba tranquilo, tratando de no asustarse, no entendía nada, no podía recordar algo que le diera una pista del lugar y las razones por las que el estaba ahí. Su último recuerdo era haber tomado el tren número 23 de la ruta costera camino a casa. Recordaba el número por que en el último vagón siempre lo escribían con grandes letras amarillas, a el le gustaba el último vagón, tenías que caminar un poco para llegar al final del tren y la mayoría de la gente lo evitaba. El disfrutaba de su aparente soledad mientras observaba a las gaviotas sobrevolando pequeños barcos pesqueros cerca de la costa.

Buscó su teléfono móvil pero no pudo hallarlo por ningún lado. Su cabeza estaba vuelta loca y todas las ideas que le venían a la mente terminaban en una tragedia, pocas razones podrían explicar lo que le estaba pasando. Emilio se sentía bien, le costaba trabajo moverse pero se sentía entero. Después de muchas dificultades logró arrastrarse hasta lo que el supuso era el baño. No tenía ninguna idea de lo que estaba buscando pero tuvo un presentimiento de que la respuesta lo esperaba ahí.

Como toda la habitación el baño también estaba a oscuras, se paró frente al lavabo y encontró el interruptor con su mano derecha. Se escucho un grito ahogado a lo largo de todo el pasillo del piso seis; tocando su rostro Emilio trataba desesperadamente de entender al mismo tiempo que un pequeño escuadrón de enfermeras entraba a la habitación. Sorprendidas de verle de pie trataron de calmarlo; a pesar de la previa dificultad para moverse Emilio se zafo como pudo de las enfermeras de casacas naranjas brillante y se arrinconó en una de las esquinas de la regadera. Respiraba pesadamente con la cara desfigurada por el miedo.

Las enfermeras parecieron entender y se alejaron un poco, una de ellas tomó la iniciativa y se presentó, dijo que se llamaba Julieta y que era su enfermera, que Emilio había tenido un accidente y había estado en coma. Sus ojos se abrieron tanto que parecía que se saldrían de sus órbitas en cualquier momento. Tenía muchas preguntas pero no quería hacer ninguna de ellas, tenía demasiado miedo de las respuestas, sacudía su cabeza en señal de negativa mientras relajaba un poco su cuerpo, poco a poco perdía fuerzas y se encontró en el piso de nuevo. No se lo tuvieron que decir, el coma en el que vivió hasta ese día había sido mucho más largo de lo que cualquiera hubiera querido.

Dos décadas y un lustro habían pasado desde que Emilio tropezó con el último escalón bajando del tren número 23 en el tren de la ruta costera camino a su fiesta sorpresa de cumpleaños. El nunca se esperó una fiesta sorpresa, su familia y amigos nunca habían sido de ese tipo de gente; espontáneos, divertidos, con ganas de salir de la rutina. Nunca supo lo mucho que a ellos les importaba. Hoy tampoco habría fiesta, no porque el invitado no llegó sino porque este año nadie tenía ganas de celebrar. Si bien en su mente Emilio aún era joven su cuerpo cumplía hoy cincuenta años. Estaba bien alimentado pero notablemente envejecido, su juvenil rostro había quedado atrás muchos años antes, su pelo negro ahora estaba invadido por canas incipientes, solo sus ojos tenían aún el brillo que el recordaba, solo así podía asegurar que era, en efecto, la misma persona. Su mirada altiva y las ganas de comerse al mundo seguían ahí. Le dieron ganas de vomitar, las lágrimas salían a borbotones, como si sus ojos nunca hubieran llorado y veinticinco años de llanto acumulado luchara por salir lo antes posible.

No sabía que estaba teniendo un ataque de pánico, nunca había tenido uno. Pero la ansiedad le provoco salir corriendo y huir de aquel extraño lugar con olor a desinfectante; su cuerpo no reaccionó. Salir implicaba aceptarlo todo, el coma, ser viejo, todo. Por lo menos si permanecía ahí el tendría algún control sobre lo que pasaba. Se acercó a la ventana, tratando de observar un mundo que ya no era el suyo, un mundo que lo había dejado atrás y del que ahora tendría que formar parte. Por un instante trato de olvidar todo, se acomodó en cuclillas sobre un largo sillón verde, cerró los ojos y trato de eliminar a la fuerza todos los pensamientos en su cabeza: su familia, sus amigos, su vida entera desperdiciada inconsciente en una cama de hospital, nada le importaba, su más ardiente deseo era que todo terminara, ahí, en ese instante, apretó los dientes y anhelo estar de vuelta en casa, de vuelta en el tren número 23 de la ruta de la costa camino a casa. Deseó no haber perdido todos esos años y de golpe todos sus recuerdos lo golpearon hasta dejarlo sin aire: sus padres, su hermano y sus amigos, pensó en sus planes, recordó a todas las personas que quiso y a las que podría haber conocido, pensó en su perro, anhelo las posibilidades de lo que hubiera podido hacer de haber tenido la oportunidad. Su cuerpo se retorció con fuera, no podía respirar, no podía abrir los ojos de nuevo, en lugar de la media luz de la habitación de hospital sus ojos se cegaron con los colores enteros del sol que atravesaba sus pupilas. Abrió los ojos y reconoció inmediatamente la bahía del Conde Andrés. Emilio recorrió el último vagón del tren número 23 con la mirada, no había nadie en el, las puertas estaban abiertas y el anuncio de última parada sonaba en el altavoz.

Sudaba frío y tardó unos segundos en incorporarse, ésta vez no le costó trabajo levantarse de su asiento, bajó con mucho cuidado los escalones del tren, particularmente el último. Salió de la estación rumbo a casa, no lo sabía pero su fiesta lo seguía esperando, su cuerpo todavía cumplía veinticinco años, su mente en cambio se sentía mucho, mucho más vieja.

miércoles, 7 de marzo de 2012

El amor y yo

Me encontré de pronto una lista. Estaba entre mis notas, perdida entre los apuntes de un largo viaje. No fue difícil recordar el momento en que la escribí, estaba en casa de mis padres, sentado en una cama, escuchando el murmullo del aire acondicionado mientras trataba de definir el rumbo para ese año. Era uno de los primeros días de enero, el año aún era muy joven y las posibilidades infinitas. Recorrí la lista con la mirada, era una lista de temas; cuentos que quería escribir, ensayos que investigar, columnas que publicar. Nada de eso estaba escrito y algunas cosas nunca lo fueron. Recuerdo que lo primero que cumplí de esa lista era un pequeño cuento sobre mi padrino, escribí de como me enseño a decir groserías de pequeño y de la escopeta de principios del siglo pasado que me heredó.

Escribí también de mis padres, de mi hermano, escribí de la escuela y mis noches de marcha por Madrid. De esa lista quedaron pocos pendientes, quedó uno en particular que todavía me resuena en la cabeza. En esa lista me prometí a mi mismo que escribiría sobre el amor sin tener el corazón roto. ¿Qué sabía yo entonces del amor? ¿qué se hoy de el?. Conozco muy bien el dolor, el sufrimiento y la infatuación, ¿pero el amor? el aún se me escapa. Si bien es cierto que he sido amado por muchos y en cantidad, el amor y yo nunca hemos sido formalmente presentados. Somos de esos conocidos de lejos que sabemos nuestros nombres pero que nos pasamos de largo por la calle. El amor y yo no somos amigos íntimos, no nos hablamos de tu y mucho menos salimos de la mano a caminar por el parque.

El amor y yo somos extraños, el no sabe nada de mi, y por lo que parece, yo no se nada de el. Para ser sincero, no se bien si el amor me cae bien o mal. Me parece uno de esos seres extraños, que actúa irracionalmente y no paga sus deudas. Tiene una cara de niño algo perturbadora y su manía de llegar en los momentos más inoportunos me parece más bien algo maniática. Un tipo raro el.

Recuerdo la última vez que lo vi, deambulando borracho por los rincones de un bar en Veracruz. Trastabillaba, su mirada estaba perdida y parecía que se había drogado. La idea de ver al amor en ese estado me revolvió el estomago. Como siempre, nos saludamos de lejos, asintiendo ligeramente con la cabeza, no volveríamos a cruzar palabra en toda la noche.

Todavía nadie nos ha presentado formalmente, todavía nos cruzamos asintiendo con la cabeza, como si supiéramos, que toda esta dinámica de vernos a lo lejos nos va a llevar a ese inevitable momento en que no podamos evadirnos más. El amor y yo estamos destinados a conocernos, parece que el lo sabe y creo que yo también lo sé. Creo que hasta hoy, ninguno de los dos estamos listos. Faltan lecciones y noches de marcha, cigarrillos por encender y tragos por compartir. Todavía no se nada del amor, el, seguramente no sabe nada mi, pero he de admitir que soy muy curioso al respecto. ¿Qué mueve al amor?¿qué lo hace ser quien es y hacer lo que hace?¿que es lo que le permite construir y destruir a su antojo?. Estás son las preguntas que quiero hacerle, quiero conocerlo, analizarlo y dejarme llevar por su mundo irracional.

Quiero dejar de ser un extraño. Quiero saludarlo de frente y por su nombre, toparnos por la calle y hacer un barullo, como dos viejos amigos que se reencuentran después de años. Me pregunto si el amor piensa lo mismo de mi, con lo poco que lo conozco me cuesta trabajo imaginarme que pasa por su cabeza. Supongo que el no lo piensa, seguro se deja llevar y si el flujo lo lleva a mi lo tomará de la mejor manera.

Por ahora, seguiré asintiendo con la cabeza y saludando de lejos, expectante del día en que por fin alguien nos presenté y las distancias se hagan cortas. Seguro también, de que sin conocerlo se lo voy a presentar a alguien más, alguien que lo saluda de lejos y que solo sabe su nombre.